Derrota para celebrar

Pregunta para poner en remojo: ¿Hay algún motivo que nos permita afirmar que la derrota argentina no está dentro de la lógica?

Salvo que sigamos con la añeja creencia de que Dios es argentino, esta derrota de locales frente al modesto Paraguay es lo que corresponde, de acuerdo a la realidad que, dicen, es la única verdad. Esta derrota puede ser alumbradora, por eso propongo celebrarla. ¿Por qué? ¿Acaso somos masoquistas, somos vendepatria? Ni lo uno ni lo otro. Casualmente los vendepatria no somos nosotros, son los buitres de adentro que rifatizan lo que venga por chirolas y, con la excusa de no quedar afuera del mundo, entregan las joyas de la abuela y la abuela también, para satisfacer la voracidad de los buitres de afuera. (Relaciones carnales estratégicas, que le dicen.)

Pero volvamos al futbol, el espejo que más nos espeja. ¿A quién se parece esta selección nacional? Se parece a la AFA. Hace años que se viene anunciando esta calamidad. Lo disimula el talento ecuménico de Diego Messi (perdón, quise escribir Leonel Andrés Messi).

Nuestra AFA estuvo por décadas en manos mafiosas, corruptas. Recordemos aquella elección en la que, no hace mucho, se llegó al colmo de que hubo un empate porque alguien deslizó dos votos en vez de uno. Han llegado para esta AFA sus días de apocalipsis y el apocalipsis es contagioso: se traslada a la cancha. No es que los jugadores no pongan empeño (léase, güevos). No es que Mascherano no salga del partido con el pantaloncito y algo más, desgarrado. Pero hay algo que a la selección la perturba, carga una mochila. La sombra de la AFA la abruma, la hace deambular como sonámbula por el verde césped. Ese caos de la dirigencia se llevó puesto al Tata Martino, el técnico anterior. Y sigue gravitando sobre los jugadores. Sería ilógico que esta selección jugara muy bien, o siquiera bien. El bostezo es contagioso, y el caos, ni hablar. El fútbol, una vez más, nos espeja. No tiene la culpa el espejo, no nos enojemos con él. En todo caso: aprendámo-nos con él.

Y dejemos de usar a Messi como coartada. Messi, es un prodigio, pero no tiene por qué ser un mesías. Argentina estuvo al borde de ganar otro titulo mundial y el campeonato de las Américas, no hace mucho. Perdimos por penales. Y entonces le apuntamos a Messi. Y resulta que el “pecho frío” de pronto dijo renuncio a la selección. Y los periodistas y buena parte de la sociedad nos quedamos húerfanos de Messi. En esta columna escribí que, el promedio de esta sociedad, “no se merece a Messi”. Como no se merecía al loco Bielsa, aquel fanático de la ética. Hoy, con la derrota más acá de nuestras narices, podemos afirmar lo mismo. Nos reescribimos: hoy estamos nublados, desolados. La euforia terminó siendo depresión al revés. Reptamos. Decime qué se siente, Argentina. La conciencia de la lora nos desemboca hoy en un clamor patrio para que Messi no se vaya, ni se lesione más. En fin, para que Messi venga a servirnos de mesías.

Ya vamos viendo las razones para celebrar esta insoportable derrota de la selección. La derrota nos saca de cuajo la careta. Dicho en criollo básico: el futbol, al espejarnos, nos muestra en pelotas.

Esta derrota nos invita a reflexionar. No es casual: viene siendo sembrada, y cultivada. Si le prestamos atención puede sernos muy, pero muy saludable. Por ejemplo, para comprender que nuestra selección refleja lo que sucede afuera de la cancha, es decir, adentro de esta sociedad, tan trabajada para el triunfalismo y para el derrotismo, al compás de los periodistas estelares de los medios de descomunicación.

Escribí hace un año, casi dos: “Lo que se opina depende asquerosamente de la eventualidad del resultado. Cuándo aprenderemos que los resultados dependen de un azar que ni dioses ni diosas pueden controlar. Una mata de césped con un pequeño desnivel puede ser la causa de un gol convertido o perdido. Ese gol convertido o perdido puede ser la causa de un título mundial que se consigue o que se frustra.

Bueno, ya que somos adictos a los resultados, aprendamos de este resultado. Hubiera sido insano ganar. A una sociedad criada con la congénita certeza de que Dios es argentino (por eso estamos condenados a ser los mejores del mundo) de vez en cuando le viene bien perder, como ahora, de locales, frente al sufrido Paraguay.

Digo “sufrido Paraguay” y pienso en aquella guerra que le hicimos con la obscena Triple Alianza (Argentina, Brasil y Uruguay) a ese paisito en el que apenas si quedaron los ancianos y algunas mujeres y los niños. Este partido de futbol sirvió para algo más: para darle un rato de alegría a un pueblo diezmado entre 1865 y 1870.

Posdata. Terminamos con el comienzo. Damas y caballeros, si me lo permiten los invito a celebrar la reciente derrota de la selección argentina ante Paraguay, por las eliminatorias del Mundial. Paraguay l – Argentina 0. ¡Viva la Pepa! ¡y viva el Pepe! ¡Aleluya! ¡Huija!

¿Acaso hay algún motivo que nos impida afirmar que la derrota argentina está dentro de la lógica?

Bienaventurada la derrota porque de ella podemos aprender tanto y tanto. Bienaventurada la derrota porque nos muestra que esta patética selección hace juego con el caos de la AFA. Bienaventurada porque nos avisa que no hay razones para seguir creyendo que Dios es argentino. Dicho con otras palabras: que esta derrota no sólo es lógica sino, además, debiéramos celebrarla. Porque es una flor de herramienta para saber dónde estamos parados. O postrados.
Fuente: jornadaonline.com

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