El camino a la paz: que gane Israel y pierda Palestina

Inducir un cambio sustancial no será bonito ni agradable, sino un proceso basado en una política de respuestas proporcionales y graduadas. Si los palestinos transgreden moderadamente, deberán pagar moderadamente, y así. Las respuestas dependerán de las circunstancias específicas, así que lo que sigue son sugerencias generales que, a modo de ejemplo, Washington podría proponer, desde las más suaves a las más severas:

Cuando los mártires palestinos provoquen daños materiales, habrá que deducir el pago de las reparaciones de los casi 300 millones de dólares de impuestos que el Gobierno de Israel transfiere anualmente a la Autoridad Palestina (AP). Habría que responder a las actividades diseñadas para aislar y debilitar a Israel internacionalmente limitando el acceso a la Margen Occidental. Cuando se mate a un atacante palestino, habrá que enterrar el cuerpo discreta y anónimamente en una fosa común. Cuando los líderes de la AP inciten a la violencia, habrá que impedir que sus funcionarios regresen desde el extranjero al territorio que controla la propia AP. Habría que responder al asesinato de israelíes expandiendo las ciudades judías en la Margen Occidental. Cuando haya armas de la AP apuntando a israelíes, habrá que confiscarlas y prohibir su reemplazo; y si esto ocurriera repetidas veces, habría que desmantelar la infraestructura de seguridad de la AP. Si continuase la violencia, habría que reducir y después cortar el agua y la electricidad que suministra Israel. SI hubiera tiroteos o lanzamiento de morteros y otros proyectiles, habría que ocupar y controlar las áreas de donde procedieran.

Por supuesto, estas medidas van estrictamente en contra de la opinión general en Israel, que busca por encima de todo mantener inactivos a los palestinos. Pero este punto de vista miope se formó bajo la incesante presión del mundo exterior, y especialmente del Gobierno de EEUU, para complacer a la AP. Eliminar dicha presión alentaría sin duda a los israelíes a adoptar las tácticas, más asertivas, esbozadas aquí.

Hacer verdaderamente la paz significa encontrar formas de coaccionar a los palestinos para que adopten un cambio radical; para renuncien a su rechazo total a la negociación y acepten a los judíos, el sionismo e Israel. Cuando un número suficiente de palestinos abandone el sueño de eliminar a Israel, harán las concesiones necesarias para poner fin al conflicto. Para acabar con el conflicto, Israel debe convencer por lo menos al 50% de los palestinos de que han perdido.

El objetivo no es que los palestinos amen a Sión, sino acabar con el aparato de guerra: desmantelar las fábricas de suicidas, acabar con la demonización de los judíos e Israel, reconocer los vínculos judíos con Jerusalén y normalizar las relaciones con los israelíes. La aceptación palestina de Israel se logrará cuando termine la violencia y en su lugar haya maniobras políticas incisivas y cartas al director. Simbólicamente, el conflicto habrá terminado cuando los judíos que viven en Hebrón (Margen Occidental) no tengan más necesidades de seguridad que los palestinos que viven en Nazaret (Israel).

A aquellos que sostienen que los palestinos son demasiado fanáticos para ser derrotados les respondo: si los alemanes y los japoneses –no menos fanáticos y mucho más poderosos– pudieron ser derrotados en la Segunda Guerra Mundial, y convertidos después en ciudadanos normales, ¿por qué no pueden serlo los palestinos? Además, los musulmanes han sucumbido a los infieles a lo largo de la historia cuando se han visto enfrentados a una fuerza superior que ha actuado con determinación, desde España a los Balcanes y el Líbano.

Israel tiene suerte en dos aspectos. Para empezar, sus esfuerzos no comienzan desde cero; las encuestas y otros indicadores muestran que el 20% de los palestinos y otros árabes aceptan de manera consistente el Estado judío. En segundo lugar: sólo necesita disuadir a los palestinos –un actor muy débil–, no a toda la población árabe o musulmana. A pesar de su debilidad en términos objetivos (economía, potencia militar), los palestinos han encabezado la guerra contra Israel; así que, cuando abandonen el rechazo total, otros (como los marroquíes, los iraníes, los malayos y demás) tomarán nota y, con el tiempo, acabarán por seguir su ejemplo.
Los palestinos se beneficiarán de su derrota

Con independencia de lo que obtengan al acabar con su residual problema palestino, los israelíes viven en un país moderno y exitoso que ha absorbido la violencia y la deslegitimación que le han sido impuestas. Las encuestas, por ejemplo, demuestran que la israelí está entre las poblaciones más felices del mundo, y la floreciente tasa de natalidad del país confirma estas impresiones.

En cambio, los palestinos están sumidos en la miseria y constituyen la población más radicalizada del planeta. Las encuestas de opinión demuestran de manera consistente que optan por el nihilismo. ¿Qué otros padres celebran que sus hijos se conviertan en terroristas suicidas? ¿Qué otro pueblo da prioridad a dañar al vecino y no a mejorar su propio destino? Hamás y la Autoridad Palestina dirigen regímenes autoritarios que reprimen a sus súbditos y persiguen objetivos destructivos. La economía en la Margen Occidental y Gaza depende, más que en cualquier otra parte, de las donaciones internacionales, lo que crea dependencia y resentimiento. Las costumbres palestinas están en constante regresión y son cada vez más medievales. Una gente hábil y ambiciosa se ve cercada por la represión política, unas instituciones fallidas y una cultura que celebra el delirio, el extremismo y la autodestrucción.

Una victoria de Israel liberará a los palestinos. La derrota les obligará a hacer frente a sus fantasías irredentistas y a la vacua retórica de la revolución. La derrota también les liberará para mejorar sus propias vidas. Librados de una obsesión genocida contra Israel, los palestinos pueden convertirse en una sociedad normal y desarrollar con normalidad su vida política, económica, social y cultural. Por fin podría producirse una auténtica negociación. Y, dado que parten de un nivel mucho más bajo, paradójicamente, sacarían más de su derrota que los israelíes de su victoria.

Dicho esto, este cambio no será fácil o rápido: los palestinos tendrán que pasar por el amargo trance de la derrota, con la desesperación y las privaciones que trae consigo, repudiar el ominoso legado de Amín al Huseini y reconocer su centenario error. Pero no hay atajos.
La necesidad del apoyo estadounidense

Los palestinos cuentan con un respaldo excepcional, tanto en Naciones Unidas como entre los periodistas, los activistas, los educadores, los artistas, los islamistas y los izquierdistas. No son ningún recóndito frente de liberación africano, sino la causa revolucionaria preferida del mundo. Esto hace que la tarea de Israel sea larga y difícil, y que el Estado judío dependa de aliados leales, principalmente el Gobierno de EEUU.

Para que Washington sea útil, es necesario que no arrastre otra vez a las partes a nuevas negociaciones, sino que apoye firmemente el camino de Israel a la victoria. Esto se ha de traducir no sólo en el respaldo de las demostraciones de fuerza que haya de hacer Israel, sino en un empeño sostenido y sistemático de trabajar con Israel, determinados Estados árabes y otros para convencer a los palestinos de la inutilidad de su actitud: Israel está ahí para quedarse y goza de un amplio respaldo.

Eso significa apoyar a Israel cuando emprenda los pasos esbozados arriba, desde enterrar los cuerpos de los asesinos de manera anónima a clausurar la Autoridad Palestina. Significa dar apoyo diplomático a Israel, desmontar la farsa del refugiado palestino y rechazar la pretensión de que Jerusalén sea la capital palestina. También comporta terminar con las ayudas a los palestinos, a menos que trabajen hacia la plena y permanente aceptación de Israel: nada de diplomacia, nada de reconocimiento como Estado, nada de ayuda económica y, desde luego, nada de armas ni, mucho menos, formación militar.

La diplomacia israelo-palestina será precipitada hasta que los palestinos no acepten el Estado judío. Los puntos centrales de los Acuerdos de Oslo (fronteras, agua, armamento, lugares sagrados, comunidades judías en la Margen Occidental, refugiados palestinos) no se podrán discutir de manera provechosa mientras una parte siga rechazando a la otra. Pero se podrán reabrir las negociaciones y abordar de nuevo los puntos de Oslo en el feliz momento en que los palestinos acepten el Estado judío. Esa perspectiva, sin embargo, se halla en el futuro lejano. Por el momento, Israel tiene que ganar.
Fuente: elmed.io

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