Europa: las fronteras de la conciencia

Custodiadas por uniformados y perros, cientos de miles de personas y más de veinte mil niños solos, huérfanos muchos de ellos, suplican ayuda bajo temperaturas extremas, en peores condiciones que la mascota de casa, ante esas puertas de Europa que se les cierran. ¿Por qué? Si preguntamos a un político puede contestarnos que por miedo a la reacción de los partidos xenófobos y de los votantes temerosos a quedarse sin trabajo…Una excusa miserable, propia de egocéntricos, de almas muertas y de miedosos de perder prestigio y poder. En cambio si preguntamos a una persona de bien, nos contestará que aunque no seamos mayoría, somos millones los ciudadanos que deseamos ver abiertas las fronteras para dar cobijo a estos hermanos en nuestras ciudades, e incluso en nuestras propias casas.

No nos importa de dónde vienen, a qué religión pertenecen o a qué partido político votan, porque por encima de las ideas está la compasión, el sufrir con el otro y por el otro. El ponerse en su lugar. Y esta energía, la compasión, tan ligada al amor, es la única que puede acabar con tanto crimen mundial que en nombre de patrias, civilizaciones o religiones se llevan a cabo en nuestros días sostenido por las fuerzas demoniacas que mueven los hilos del mundo desde posiciones de poder político y económico que con tanta fuerza está acabando con el sueño de una democracia real como crece el estado policial a nivel mundial y desde luego europeo…Si no fíjense en Francia, Holanda, Alemania, Austria, Serbia, España, Italia, Polonia. Hay muchos nostálgicos de un IV Reich que seguramente tienen la conciencia empedrada y el corazón blindado.

En estas circunstancias, solo la fuerza del amor a Dios (que cada uno nombre como desee) y al prójimo, puede acabar con esta suciedad del mundo y convertirla en luz. La luz de amor es la única fuerza liberadora, no solo para que se abran las puertas de Europa; no solo para terminar con las guerras y la injusticia global; no solo para que existan naciones habitadas por gentes pacíficas, justas, tolerantes, cultas, espirituales y felices, sino para que este Planeta gravemente enfermo pueda recuperar la salud y de paso, con él, cada uno de nosotros. Y esa es la verdadera guerra, la verdadera batalla a ganar. Las demás, solo son crímenes y supervivientes que huyen con lo puesto. Están a nuestras puertas. Llaman. Sus llamadas son aldabonazos a nuestras conciencias. ¿Cuántos piensan y sienten esto? De su número depende no solo el destino de quienes tocan a nuestras puertas, sino el destino de este continente hoy muy dividido y sumido en una profunda crisis de identidad de incierto porvenir.
Fuente: globatium.com

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