“Mas que construir rampas, hay que construir conciencia social”

Julieta Beltramini es rosarina, tiene 31 años y nació con parálisis cerebral. Por su enorme corazón y su férrea determinación se recibió de psicóloga y ejerce en diferentes centros de la ciudad. Su vida es un auténtico testimonio. Cercano, conmovedor y aleccionador. “Yo no soy la buenita, la pobrecita, soy Julieta la psicóloga. Y si toda la gente pudiera verme como eso, se eliminarían barreras culturales y prejuicios que todavía hoy existen en la sociedad, y que representan uno de los pasos más importantes que faltan para que se produzca una inclusión verdadera y plena dentro de lo cotidiano”, remarca Julieta, sentada en el patio de su departamento interno de Corrientes al 2500, en el comienzo de una extensa charla, repleta de aseveraciones contundentes y absolutamente reveladoras.

“Acá no pasa por hacer rampas, es algo mucho más amplio y más profundo. Más que construir rampas, hay que construir consciencia”, destaca con sencillez.

Una semana después del Día Internacional de la Lucha por los Derechos de las Personas con Discapacidad, las palabras de Julieta apuntan a uno de los grandes desafíos que interpelan a la sociedad, y la ubican frente a un incómodo espejo de interrogantes y replanteos. “Hay que incorporar la diversidad como algo de todos los días. Y poner en valor lo que cada persona puede hacer, no en lo que no puede. Desde ahí surge una perspectiva totalmente distinta, otra mirada, un contexto más flexible y mucho más movilizador”, remarca sin rodeos, desplegando con extraordinaria agudeza el tablero inicial de una conversación, de esas que alimentan el alma, y estampan enseñanzas en su manual de dirección.

“Tener una discapacidad es caro, y nadie lo entiende”, sorprende Julieta. “No es que con una pensión, más allá del lío que se armó hace poco con el gobierno nacional, se resuelven todas las cosas”, subraya. “El Estado tiene que cubrir esas pensiones, pero además tiene que dedicarse sobre todo a abrir las puertas del mundo laboral, a generar accesibilidad arquitectónica, pero también accesibilidad subjetiva y social, que la gente la tenga incorporada de manera natural”, agrega con particular énfasis.

Y reclama asignaturas pendientes: “Hay que instalar un nuevo paradigma de inclusión. Porque queda claro que ahora no hay mentes abiertas. Y ninguna asignación haría falta, si el discapacitado pudiera cumplir con su deber de ser un trabajador”.

Inclusión recreativa y laboral

También resalta que hay que cumplir más la ley. “La ley es una puerta que abre el camino a más derechos. El problema es que todavía no hay una apertura mucho mayor en lo laboral, lo social, y también en lo recreativo”, indica.

En ese sentido, se anima a profundizar: “Las obras sociales no te cubren los transportes al cine o al shopping, y esa inclusión recreativa también es muy necesaria. Yo, por suerte, estoy en condiciones de pagarlo, pero fui a presentar la denuncia en Iapos y fue rechazada”.

“Lo que pasa es que todas las obras sociales cubren sólo el «circuito discapacitante», que el chico vaya al CET (Centro Educativo Terapéutico), y del CET a la casa. Pero, qué pasa con el resto de las actividades”, se pregunta. “Una persona, para estar plena en todas sus áreas, tiene que tener acceso real a la recreación, y a la vida laboral si es adulto”, indica Julieta.

Y continúa: “Porque en muchas instituciones pasa que el chico no termina nunca de escolarizarse, pero llega un momento que necesita pasar al área laboral. Obvio, siempre analizando caso por caso, pero trabajando sobre las potencialidades individuales que tiene cada chico”.

“Sin dudas hace falta un cambio curricular para que el chico discapacitado, no quede siempre varado en una eterna infancia. Y eso se traslada directamente a la visión que tiene la sociedad sobre este tema y estos chicos”, se encarga de destacar.

En tanto, reconoce que hay abusos de diagnósticos y también otorgamientos desmedidos de CUD (Certificado Unico de Discapacidad). “Eso no ayuda a los que realmente necesitan las coberturas”, afirma.

Y apunta que “hoy muchos profesionales se apuran para colgar el cartel de algún síndrome. Todo debe hacerse con criterio, sin etiquetar”.

Para generar un nuevo paradigma de inclusión, Julieta propone fortalecer la etapa de promoción. “Esto es muy importante en salud, y más es discapacidad. Falta hablar, pero hablar en serio, en todas las escuelas”, sostiene sin dudar.

Contra el “no te metás”

Con el avance de la charla, Julieta abre cada vez más su corazón y se atreve a transitar otros temas intrincados y espinosos, entremezclando con criterio su visión personal y la profesional. “Lo que más me molesta en inclusión es el «no te metás», y fundamentalmente hay que entender que los cambios del Estado, los hace la gente. El Estado es la gente, eso es la democracia. Y les tenemos que exigir que creen un marco adecuado para este nuevo paradigma de inclusión”, subraya.

Consultada sobre qué tipo de ley le gustaría promover si tuviera la posibilidad, confiesa que “haría cosas para visibilizar estas situaciones”, pero a la vez advierte que “tampoco está bien que alguien se sorprenda porque alguien con discapacidad llega a una meta, o consigue algo a nivel social. Hay que tratar de naturalizar esto. Nosotros somos parte de la sociedad, y nada de lo que nos pasa tiene que ser extraño a ella”.

En relación a las barreras edilicias, Julieta realiza cuestionamientos directos. “Pintan cordones y después, a dos metros, hay un pozo tremendo en el medio de la calle. En esta ciudad, como en muchas, hay cuestiones de arreglar la fachada, pero no importa cómo está adentro. Si la vas a dejar linda, primero dejala funcional. Eso lo sufrimos a diario, en muchas esquinas de la ciudad”, apunta, levantando un poco la voz.

Asimismo, marca que hay que adaptar los programas y las currículas en las escuelas. “No se pueden poner maestras integradoras para un chico con discapacidad, y el ritmo del colegio sigue igual. Porque hay que amoldar el ritmo de la institución a ese chico. Y eso no quiere decir que no debe haber integraciones, todo lo contrario”, señala.

“Además, hay que otorgarles herramientas a los maestros para que puedan trabajar en un grado con chicos incluidos. Y tampoco se puede integrar chicos a la fuerza, hay que analizar caso por caso”, sostiene.

“Por eso quiero que se conozca mi caso. Para visibilizar las cosas que faltan y también que se sepa que se puede. Que no es soplar y hacer botellas, pero se puede. Puede ser una profesión, un oficio o un taller, en otros casos, pero tiene que haber un trabajo sobre sus deseos, sobre lo que puede y le gusta hacer”, resalta convencida, con su recorrido como incuestionable testimonio.

“Todos tenemos alguna capacidad”

Desde su rol de psicóloga, Julieta confiesa que no le gusta ninguna de las denominaciones que se utilizan habitualmente a manera de referencia. “A mí no me gusta ninguna de las denominaciones. Quizás, «persona con discapacidad» es la que más se asemeja a lo que los psicólogos nos gusta, que tiene que ver con «ser o tener», y eso está inmerso dentro de las dificultades sociales que nos rodean”, advierte.

“Dicen «pobrecito este chico», y eso ya ubica la mirada del otro. Y lo que la gente no sabe, es el daño que provocan esas denominaciones. Eso deja huellas tremendas en la persona que se están formando. Yo soy grande, y de alguna manera me rebelé. Pero al chico, al adolescente, le arruina la vida”, exclama con vehemencia.

Y pone la lupa sobre su planteo. “Hay que analizar la palabra discapacidad. El prefijo «dis», en latín, es sin. Indica carencia, y sin capacidad no nace nadie. Alguna capacidad tenemos todos, alguna capacidad siempre hay, y eso te convierte en sujeto. Y desde ahí hay que trabajar”.

La visión de la sociedad
Julieta también pone el acento en problemáticas que tuvo que superar. “Cuando iba a entrevistas a centros de salud, ya recibida, me veían con el andador y me preguntaban con quién tenía turno. Entonces me presentaba como Julieta la psicóloga, y ahí me pedían disculpas. Eso me pasó varias veces”, asegura. “La cuestión cambia un poco cuando te vas haciendo conocida. Pero esto lo tuve que trabajar mucho en terapia personal, porque yo me tenía creer quién era. Porque el título es un papel, pero es la sociedad la que te admite, o no, como profesional. Si la sociedad a mí me ve siempre como paciente, llega un momento que empezás a agachar la cabeza”, admite Julieta.
Fuente: lacapital.com.ar

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