La lucha por la supervivencia de las familias jóvenes de pescadores del río Mekong en Camboya

A comienzos de abril, poco después de las dos de la madrugada, el bote de Sami se volcó por las olas del río Mekong y todas sus pertenencias cayeron al agua; incluida Lydie, su hija recién nacida. “Así sin más, desapareció”, recuerda la adolescente de 16 años.

Sin poder conciliar el sueño, mientras el viento desgarraba la lona que hacía las veces de refugio precario ante las inclemencias del clima, Sami pasó las dos horas anteriores sentada, con las rodillas en el pecho, deseando volver a la orilla. En tanto que la tormenta bramaba y los envolvía, su esposo Luc, de 25 años, con el entrecejo fruncido, se ocupaba de repartir su peso a lo largo del bote de madera tallado a mano para impedir que su pequeño hogar se volcara. Por otro lado, su hija dormía pacíficamente en una hamaca de algodón color verde oscuro. “Ni siquiera hizo falta que la hamacara”, dice Sami. “El viento era tan fuerte que lo hacía por mi”. Cuando la tormenta se intensificó, Sami pensó en tomar a Lydie en brazos para protegerla. “Pero no sabía si era mejor dejarla. Y cuando el bote volcó, ya no la pude agarrar a tiempo. De repente, me encontraba bajo el agua, y todo era frío y negro”.

Luc pudo alcanzar primero a Lydie. Se zambulló en la profundidad del agua, apartó del camino las ollas y sartenes y ropas que se sumergían rápidamente, para desenredar a su hija de la maraña de cosas que la tenían atrapada. La niña, de tan solo seis semanas de vida, comenzó a gritar al llegar a la superficie y Sami estalló en llanto. “Pensé que estaba muerta. Los bebés mueren todo el tiempo aquí. Nunca se sabe si los propios van a vivir toda la vida o solo por un tiempo”.

Tanto Sami como Luc se criaron en el agua. Son miembros de la comunidad Cham, minoría de aproximadamente 288 000 camboyanos musulmanes que, en su mayoría, viven a lo largo del río Mekong y en las orillas del lago Tonlé Sap, en las provincias de Kompung Chinang y Kompung Cham. Sus familias cuentan con una historia oral de pescadores y marineros que se remonta 4 000 años, migraron a lo largo del sudeste asiático y sobrevivieron al genocidio de los jemeres rojos (1975-1979).

A su vez, ambos son también parte de una nueva generación de padres adolescentes, grupo social que casi se ha duplicado en Camboya desde 2010, a pesar de que el matrimonio es ilegal en menores de 18 años. Sin embargo, las niñas de entre 15 y 17 años se enamoran de sus vecinos que viven en los botes, junto con la falta de educación sexual –o, mejor dicho, de toda educación– se traduce en el comienzo apresurado y, hasta sin quererlo, de una familia en poco tiempo. Esta falta de experiencia de la vida, sumado a una herencia cultural difícil de erradicar, dio lugar a una nueva crisis de supervivencia.

Si bien parece que los padres son cada vez más jóvenes, poco es lo que se ha modificado en las formas en que vive la comunidad. Todas las mañanas cuando sale el sol, las familias se despiertan en sus cuartos a bordo de pequeños botes de madera y juntas se dirigen a las aguas profundas para pescar anguilas de barro y pequeños peces carpa plateados que se conocen como “trey riel”. Las madres adolescentes se erigen vistiendo velos musulmanes holgados que les protegen el cuello de los rayos del sol, mientras sus esposos arrojan redes hechas a mano al agua y esperan a que se llenen.

En un buen día, los negocios debajo del muelle rebosarán con la pesca del día y las familias se dirigen directamente al mercado de pescado Prev Pnov, a 12 kilómetros al norte de Phnom Penh, donde un kilo de pescado puede costar hasta 6 000 riel, o 1,50 dólares estadounidenses. La sopa de pescado y arroz se sirve tanto en el desayuno como en el almuerzo. El pescado frito y el arroz se comparte en la cena.

No obstante, los días buenos son cada vez menos frecuentes y, para esta generación, esperarlos parece tener cada vez menos sentido.

En los últimos años, las nuevas tecnologías y los métodos de pesca ilegales, como el uso de baterías para electrocutar a un banco de peces entero, han comenzado a agotar a las pescaderías locales. El objetivo del Gobierno de producir 1,2 millones de toneladas de pescado hacia 2019 para reducir la importación de países vecinos como Vietnam, fomenta la instalación de granjas de pesca industrializadas. Estos complejos obligan a las familias Cham a navegar más de tres horas corriente arriba para lograr una pesca decente. Cuando llegan con sus cubetas llenas de pez carpa a Prek Pnov, se encuentran con que los precios cayeron, lo que hace que sea más difícil que nunca conseguir una ganancia. Y a medida que los complejos hoteleros se extienden en las orillas del río Tonlé Sap, la comunidad Cham se ve cada vez más presionada a dispersar sus campamentos y atracar en el medio de río durante la noche, lo que aumenta el riesgo de volcar y ahogarse.

Así la cosas, para los padres adolescentes de la actualidad, con bocas que alimentar, la vida en el agua comienza a perder su atractivo. “Mi hija Lyna llora todo el día porque tiene hambre y no tengo nada para darle de comer”, explica Ros Herny, de 17 años, quien aprendió a nadar hace apenas dos años a pesar de haber pasado toda su vida, desde el nacimiento, a bordo de una embarcación.

“Durante mi niñez, desayunaba, almorzaba y cenaba pescado con un poco de arroz para llenarme. Pero el pescado hoy es un lujo que ya no nos podemos dar. Entonces, Lyna desayuna, almuerza y cena arroz con agua de río, y no come pescado. No tiene energía y es pequeña para su edad. Me pregunto qué sentido tiene vivir así”.

La generación de sus padres vivía mejor, dice Herny. “Mis amigos y yo estamos comenzando a formar nuestras familias, pero no contamos con las habilidades necesarias para competir con las grandes compañías, entonces nuestros hijos no tienen qué comer. En tanto, mis padres solo tienen que cuidarse ellos. A veces, incluso ahora tienen un montón de pescado”.

Dak Gneng, gerente de proyecto de la división Takmao de la ONG local Friends International, dice que el número de madres adolescentes de la comunidad Cham que no pueden darle de comer a sus hijos crece cada día más.

“Cuando hablo con ellas, todas me cuentan lo peligrosa que es esta vida”, explica Gneng. “Sus padres les dicen ‘esta es nuestra cultura, debes vivir en el río y respetar el agua’, pero es la generación más joven la que se debe enfrentar con el panorama de tener una familia a la que alimentar mientras tienen que competir con las grandes corporaciones. Aquí, cada día son más y más infelices”.

Gran parte de los padres jóvenes han comenzado a buscar trabajo en otras industrias, como las fábricas textiles o los puestos en mercados. Algunos hasta consideran la posibilidad de mendigar en la costa como una alternativa más viable. (“No me gusta, pero a veces es todo lo que puedo hacer”, dice Herny). Hace poco, el esposo de Sami, Luc, encontró trabajo en un barco turístico y navega a lo largo del río al atardecer mientras que los visitantes toman fotografías de la silueta del lugar que él considera su hogar. “Dice que quiere ahorrar para que alquilemos un departamento en el centro de la ciudad”, explica Sami. “No queremos que nuestra hija crezca con hambre y miedo como nosotros”.

No obstante, la misma juventud que no se siente satisfecha puede encontrarse con que es difícil dejar la comunidad, en particular cuando hay que despedirse de los padres. Hasanas Rong tiene 17 años y cría sola a su hija de dos meses, Eyni, puesto que su marido la dejó para irse a vivir a la ciudad. “Dijo que ya no quería ser pescador porque no hay peces”, explica Rong. “Discutimos, porque no me sentía lista para dejar a mi familia y entonces me dijo que se iba a divorciar”. En ese momento, estaba embarazada de tres meses y no lo ha vuelto a ver desde entonces.

Su hermano Hole Son, de 34 años, cree que su hermana debería haber dejado a sus parientes e ir con su esposo a cambio de un ingreso más estable. “Rong es muy jóven para tener un hijo, pero eso es algo normal aquí”, dice. “La mayoría de las chicas quedan embarazadas por primera vez en la adolescencia. Ahora tenemos que mantenerla porque no tiene trabajo y su hija no tiene qué comer. Con frecuencia, veo cómo Rong pasa días sin comer, solo para no tener que pasar la vergüenza de pedirle a nuestros padres que la ayuden una vez más”.

Hole Son dice que, cuando la pesca es buena, puede ganar hasta 60 000 riel (15 dólares estadounidenses) en un solo día, lo que le permite ofrecer ayuda a su hermana. “Pero cuando la pesca es mala, no gano nada”. En esos días, la prioridad es la generación mayor. “Como muestra de respeto, los primeros que comen son nuestros padres, aunque eso signifique que los jóvenes no comen nada”, explica.

Rong se queda muda cuando se le pregunta sobre su situación. “Es muy malo para mi bebé”, dice después de un tiempo. “No puedo darle pecho porque no tengo suficiente leche, y ella llora todo el día porque tiene hambre. Nos sentamos afuera, bajo el sol, todo el día, lo que además nos enferma. Aquí todo es malo para nosotras. Tengo mucho miedo por mi bebé”.

Sami concuerda con Rong. “En mi niñez también se pasaba hambre, pero nunca durante tanto tiempo. Cuando veo a Lydie, pienso ‘tal vez vivirías mejor si no estuvieras en el agua. Tal vez el agua no es nuestra amiga, después de todo’”.
Fuente:es.globalvoices.org

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