Todo lo que Menem ocultó de la explosión de la Embajada de Israel

La importancia que cobró el entonces presidente Carlos Menem en la investigación por la voladura de la Embajada de Israel es directamente proporcional con que ya transcurrieron 26 años de aquel hongo que, en cierto modo, nos hizo recordar a las fotografías que habíamos visto de Hiroshima y Nagasaki.

Muchos ríos de tinta corrieron desde las 14:47 de ese martes 17 de marzo de 1992 en que una explosión convirtió en polvo y hierros retorcidos lo que era la Embajada de Israel, siendo el primero de los dos atentados más feroces ocurridos en suelo argentino. Ambos, curiosamente, bajo la presidencia de Carlos Saúl Menem, católico por conveniencia política pero musulmán de nacimiento.

Argentina al fin, a 26 años de ocurrido el hecho aún permanece impune y sin saberse quién o quiénes fueron los responsables del atentado que mató a 22 personas y causó heridas a otras 242. Incluso, la investigación del hecho quedó en manos de una Corte Suprema que por entonces respondía, casi al unísono, a las apetencias políticas del riojano más famoso, hoy cobijado detrás de los fueros de su condición de senador nacional.

En un primer momento se realizaron pericias por parte de la Policía Federal y Gendarmería y ambas coincidieron en que había sido un coche bomba el objeto que explotó hasta dejar en escombros el edificio. Sin embargo, las fuerzas discrepaban en el explosivo utilizado: para la Policía se había utilizado trotyl y pentrita, mientras que para la Gendarmería se trató de un elemento exógeno con algún tipo de iniciador.

Pero las hipótesis y las verdades ocultas comenzaron a tejerse junto con la política. En 1996 la Corte Suprema cambió la hipótesis e informó que, como consecuencia de los resultados de la pericia realizada por la Academia Nacional de Ingeniería, podía establecerse “con cierto grado de certeza” que el atentado fue consecuencia de una explosión sucedida en el interior del edificio.

Es decir, daba a entender que dentro de la Embajada de Israel se manipulaban explosivos, creando una sospecha sobre los funcionarios de la comunidad judía.

Curiosamente, por la acordada dictada el 23 de diciembre de 1999, es decir sin Menem en el poder, la Corte volvió a cambiar de hipótesis y sostuvo que el atentado había sido realizado con un coche bomba, precisando que podría haber sido una camioneta Ford F-100.

“Los responsables son sectores del nazismo, pero ya fueron derrotados en el país”, lanzó una mañana el presidente de la Nación, haciendo alusión a los militares carapintadas que dos años antes, en diciembre de 1990, les fue sofocado un levantamiento que incluso se disputó con armas por las calles del centro porteño. Es claro que el responsable del Ejecutivo no tenía idea de quiénes eran los autores del atentado. ¿No tenía idea?

Todas las miradas se inclinaron en responsabilizar de los hechos a la organización Hezbollah, con base en el Líbano y apoyo de la República de Irán, que habría sido el autor intelectual del hecho. Desde la comunidad judía se miraba con desconfianza la relación entre esa organización ubicada en el Medio Oriente y el lugar de los ancestros de Menem.

También se miraba con desconfianza la actuación de la custodia de la Policía Federal. Antes de las 14:47 de ese martes 17 de marzo de 1992 los efectivos hicieron abandono de las puertas de la Embajada de Israel. Es decir, se fueron minutos antes de la trágica explosión.

En Medio Oriente no había caído muy bien el acercamiento que Carlos Menem tejía con los Estados Unidos, en especial con su amigo y embajador Terence Todman. No podían asimilar el golpe que se les estaba dando con las famosas relaciones carnales que tanto fascinaban al riojano.

Carlos Menem, aún al día de hoy, sigue teniendo las llaves que abren las investigaciones de los dos atentados más sangrientos ocurridos en la Argentina. Está claro que el ex presidente aún sabe muchos secretos que nunca fueron divulgados y que quedaron escondidos en los 25 cuerpos que tiene la causa.

Sin embargo, el ex presidente habló y mucho: “Fue el terrorismo que se mueve dentro del país, pero fundamentalmente fuera”, se lo escuchó decir, mientras sus funcionarios se agarraban la cabeza por su tozudez con vincular el hecho con grupos carapintadas. Eso sí, evitó relacionar a los seguidores del coronel Mohamed Seineldín, respondiendo “yo no hago nombres”.

Sus propios funcionarios, como el entonces ministro de Defensa, Antonio Erman González, no comprendían la versión del jefe tras la explosión que redujo a escombros la embajada israelí: “No sé por qué lo habrá dicho. Él sabrá por qué lo dice, pero no tiene asidero, no tiene justificativo, no tiene razonabilidad”.

Un cuento comenzó a circular por despachos. La pick-up Ford F-100, cargada con 500 kilos de trotyl, que se incrustó de trompa en la puerta de la citada sede diplomática y desató el infierno, supuestamente estaba conducida por el mártir Abú Yasser, un argentino convertido al islamismo que militaba en la organización Hezbollah.

Este invento se basaba en un comunicado trucho que reprodujo fielmente una agencia de noticias en Beirut, cuyo texto alegaba: “Oh, Abú Yasser, tu extraña Argentina… Fuiste guiado por el Islam en tu tierra y creíste en la Guerra Santa como una forma de apoyar la religión que abrazaste y amaste, deseando el martirologio de tu sangre y el fin de tu vida”. Los medios compraron el cuentito sin ningún tipo de chequeo periodístico.

La voladura de la embajada provocó la formación de un cráter que luego sería la punta de lanza para las especulaciones sobre la existencia de la camioneta virtual con suicida incluido.

Menem sabía que desde Siria, el país de sus ancestros, venía la venganza por los contactos que hacía con enemigos de la zona y con los Estados Unidos. Supo desde un primer momento, según los especialistas, que se trató del primero de tres atentados que se originaron en la Argentina. Dos años después, el 18 de julio de 1994, sería el turno de la explosión de la mutual de la AMIA y el 15 de marzo de 1995 moría, en un extraño accidente en helicóptero, el hijo del mandatario, Carlitos.

Muchas son las preguntas que jamás respondió el ex presidente y que los años taparon con polvo. Pero desde el principal despacho de la Rosada se sabía que no se trataba de delirantes carapintadas, sino que la política, la religión y las cuestiones ancestrales le jugaron una mala pasada a quien hoy, desde su banca del Senado, no está dispuesto a destapar.
Fuente: diariopopular.com.ar

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