Una lancha de rescate para kayakistas que cruzan el Paraná

Con el arribo del calor, la actividad en la costa del Paraná se intensifica y las playas ubicadas en ambas márgenes del río comienzan a llenarse de gente. En Rosario, los bañistas concurren masivamente tanto al espacio público de la Rambla Catalunya como al concesionado del balneario La Florida, pero también se ha incrementado el número de personas que deciden cruzar a la isla a disfrutar de los diversos paradores que allí se encuentran. Mientras muchos lo hacen en embarcaciones que por una tarifa llevan y traen pasajeros, cada vez son más los que utilizan sus vehículos privados, con remos o a motor, para llegar hacia el otro lado.

Cada fin de semana, en especial los domingos, el Paraná se convierte en una verdadera avenida acuática con un sinnúmero de vehículos que van y vienen entre Rosario y las islas entrerrianas. Pero en especial los de tamaño más pequeño, como kayaks o piraguas, requieren de cierto nivel de conocimiento sobre el río para no poner la vida en peligro al utilizarlos.

Así lo afirman los guardavidas de la Rambla, que desde el verano pasado cuentan con una embarcación para realizar rescates en las aguas. Sólo entre enero y marzo de 2017 tuvieron casi 50 intervenciones en ese sector, y lo que comenzó con un gomón hoy se convirtió en una lancha a motor que pertenece al sindicato de los bañeros (Sugara) y trabaja en la zona por un convenio firmado por el gremio con la Secretaría de Deportes del municipio. “Nosotros tratamos de prevenir a la gente, pero hay mucha negligencia”, dice Emanuel Ferreyra (29), que hace seis temporadas trabaja como guardavidas en la playa pública y es uno de los cuatro que maneja la embarcación de rescate. “Necesitábamos esta herramienta, desde la costa no podíamos intervenir para auxiliar a alguien si se le daba vuelta el kayak a 500 metros río adentro, por ejemplo. Esto nos permite trabajar velozmente y preservar la vida de las personas. Para nosotros es un gran logro”, apunta. La lancha está preparada para asistir, además de kayakistas, a piragüistas, quienes practican windsurf o kitesurf, y nadadores desorientados que utilizan el carril exclusivo que se inicia en esa zona.

Del otro lado

Los bañeros afirman que gracias a la coordinación del control entre diferentes estamentos del Estado la realidad de la Rambla ha cambiado notoriamente en los últimos años, cuando el consumo de alcohol y drogas había llegado a niveles altísimos, había desmanes casi todos los días y los guardavidas incluso sufrían agresiones. “Hoy el trabajo en conjunto con Control Urbano, la GUM (Guardia Urbana) y la policía hizo que eso haya disminuido enormemente. Se trabaja mucho mejor ahora, la gente nos tiene respeto, cambió el trato y la relación es más cercana. Este año aún no hemos tenido un solo disturbio importante”, asegura Ferreyra.

La realidad apoya su relato, es viernes a la tarde y no se ve a nadie consumiendo vino o cerveza en la playa municipal. Pero el problema ahora se trasladó al lado del río: “Muchos rescates que hacemos son a gente que vuelve alcoholizada de la isla y no puede salir a navegar en ese estado”, cuenta Matías Campilongo (25), que hace tres años se desempeña en el lugar. Su compañero recuerda un caso particular que sucedió hace pocas semanas: “Iban tres personas en una piragua doble con motor, que sólo tiene lugar para dos, y se les empezó a llenar de agua. Había dos chicas y un hombre sin salvavidas. Una cayó al agua, se desesperó y Matías se tuvo que tirar a buscarla. Los subimos a la lancha y nos dimos cuenta de que estaban muy borrachos. Cuando llegamos a la costa el pibe nos quiso dar un fajo de dinero, que obviamente no aceptamos”, relata.

Los casos con personas intoxicadas no son la totalidad, pero sí son usuales: “Otra vez sacamos a dos pibes muy alcoholizados a los que se les dio vuelta el bote y se les hundió en el río. Los rescatamos y nos increparon porque perdieron la piragua. Ni siquiera se daban cuenta de que podrían no haber salido vivos”, recuerdan.

Rescatistas

Los guardavidas trabajan con binoculares para detectar cuando hay una situación peligrosa, que se incrementan los días que el viento sopla desde el sur, contra la corriente, y agita las aguas del río. La embarcación sale con una persona en posición de timonel y la otra preparada para socorrer. “La prioridad siempre es la vida de la víctima, si además se puede recuperar la embarcación también se hace, porque la lancha mide seis metros y tiene espacio”, detalla Matías. Todo el tiempo están comunicados por radio con el puesto en tierra, para pedir asistencia médica, si es necesaria.

A veces viven situaciones complicadas: “Una vez vino un chico de Francia a hacer kitesurf (se practica con una tabla y una especie de cometa que embolsa el viento y permite saltar), y no conocía la correntada del Paraná ni el hecho de que pasan barcos. Se le soltó la vela y quedó en el medio del río mientras pasaban dos remolcadores que se les venían encima. Pudimos salir rápido y rescatarlo. Uno de los barcos nos pasó a cinco metros, fue muy peligroso”, recuerda Campilongo. Ferreyra agrega otra: “Una familia, padre, madre y dos niños chicos en una piragua que se dio vuelta. El padre no tenía chaleco, y un nene lo tenía mal colocado. Por suerte no pasó a mayores, pero sin la lancha no los hubiésemos podido ayudar”, admite.

Prevención. Ambos coinciden en que una gran parte de su trabajo pasa por la educación y la prevención. “Mucha gente se confía, creen que ya saben y se exponen a situaciones de riesgo. Una vez tuvimos que rescatar a la misma persona dos veces en 20 minutos. Se le dio vuelta el kayak, lo trajimos a la costa, se metió de nuevo y se volvió a dar vuelta. Al río hay que tenerle respeto por más que uno crea que está familiarizado”, cuenta uno de los socorristas.

Emanuel dice que por suerte la mayoría de las personas tiene otra actitud: “La gente que viene año a año ya sabe lo que puede hacer y lo que no. Con ellos hay otra relación, son muy agradecidos. Nos traen facturas, paquetes de yerba, nos terminamos haciendo amigos. Esa es la parte más linda del trabajo y lo que nos da ganas de venir a abrir el puesto todos los días”.

Campilongo completa: “Nuestro trabajo es cuidar a la gente y que disfrute. Hay pasión en lo que hacemos, nosotros estamos todo el año en el río. Cuando no trabajamos también venimos al Paraná, vamos a la isla. Es una forma de vida, forma parte de uno, de su ADN”.

Buscan a un joven desde hace 8 días

Se cumplen ocho días de la desaparición de Juan Carlos Moreira Aranda, un albañil de 35 años que se encontraba paseando con su familia, a la altura de los silos Davis, y se perdió de vista luego de que se tirara al río para refrescarse. El caso de Juan Carlos se conoció el lunes y aún no se tienen noticias de él. Estela Altamirano, familiar del joven, pidió que si alguna persona tiene información relacionada con su búsqueda se comunique al 432-6451 o al 153-555419.
Fuente: lacapital.com.ar

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